jueves, 31 de mayo de 2018

Concierto Roger Waters. Madrid (25-05-2018) (por Víctor Prats)

En una tarde/noche de perros en Madrid, cosa que me evocó a una cita inolvidable con Morrissey en octubre de 2014 en el mismo lugar, tuvimos la ocasión de subirnos al posible último tren para ver a Roger Waters en una de sus giras mundiales. Uno de los que lideraron a los Pink Floyd más solventes, hacía doblete en el jueves/viernes de la semana pasada, y finalmente conseguimos unas de las últimas entradas en el sector 16 alto de la calle Fuente del Berro para poder verle, tras un tortuoso proceso de compra a través de uno de los canales de venta.
Sorteando el aguacero que me sorprendió al cruzar la calle Goya desde Dr. Esquerdo, nos coordinamos Luis F. Novalvos y servidor para aventurarnos a pasar los controles y acceder. En nuestras localidades ya nos esperaba Mariano González. Completó la terna de colaboradores radiofónicos de “DMR” Óscar Cañas, que estuvo situado en otro sector más favorable en la tribuna de Felipe II.
No había teloneros, cosa que agradecí, ya que de esa forma llegamos con el tiempo pelado, a sabiendas de que por lo visto Roger no daba el pistoletazo de salida hasta las 21.20h aprox.. Con el recinto a rebosar, Roger se presentaba nada divo en las tablas (salió al unísono con toda la banda, en lugar de optar por salir el último y recibir una gran ovación de salida) y aperturaba con “Breathe” de “Dark Side Of The Moon”. El telón de fondo nos quitaba a esa chica sentada de espaldas en una idílica playa, con esos sonidos que a veces los Pink Floyd metían en sus obras y con un aspecto que me evocaba en parte a la portada del recopilatorio “Echoes”.
Gratísima sorpresa para mí fue escuchar “One of these days” de “Meddle” en el segundo lugar del set list; de acuerdo, es cierto que al ser un trueno la línea del bajo en esa canción y tratarse del instrumento predilecto de Roger, no era algo muy ilógico, pero no sé por qué motivo no la incluí en mis quinielas. Sonó estupenda y arrolladora.

En un sentir parecido jugó en el primer sector del concierto, tanto en lo sorpresivo para mí como en la intensidad y épica, “Welcome to the machine”, que contra todo pronóstico quizás fue uno de los momentos que podría meter en el top 5 personal del show; aunque la siguiente fotografía es más bien del sector final del concierto, es uno de los mejores primeros planos que pude sacarle a Roger desde nuestra posición utilizando a tope el zoom, y no me la guardo para insertarla más adelante de la crónica.
El concierto se dividió en 2 bloques, con un descanso de 20 minutos, cosa que comentó el propio Roger antes de bajarse del escenario para tomar un respiro. El 1er. sector fue el menos espectacular visualmente, pero no por ello menos llamativo, ya que se hizo un buen uso del telón de fondo para las proyecciones; lo que pasó es que en el 2º bloque se produjo un despliegue de medios más allá de la pantalla trasera que encandiló a cualquiera que estuviéramos allí dentro. Luego les comento, de momento déjenme que siga haciendo memoria de lo que sonó en la primera mitad del concierto.
Del nuevo disco de Roger, hubo temas tanto en la primera como en la 2ª mitad. Creo recordar que “Picture that”, que me llamó mucho la atención y también a Mariano González, sonó en el primer bloque. A Luis Felipe Novalvos, sin embargo, no le gusta demasiado esta pieza. Yo no había escuchado nada previamente del último material de Waters y la verdad es que todo me sonó bien, resultándome especialmente llamativa esta composición.

De “The Wall” hubo un núcleo a base/prueba de bombas que comenzó con su sonido de helicóptero y que nos marcaba claramente el camino a esa inquietante “The happiest day of our lives”, donde la rotundidad del bajo de Roger se hizo nuevamente patente junto a la batería de los aporreos evocados y añorados del bueno de Nick Mason. Los niños tomaban la primera línea del escenario, por cierto, todos ellos de la región, tal como explicó Roger al terminar de interpretarse este núcleo del concierto, y sonó a la perfección “Another brick in the wall (part. 2)”. Emocionante a más no poder. Y para colmo lo remató conectando la 3ª parte de “Another brick in the wall” para luego dejarnos ese intermedio de 20 minutos para comentar lo sucedido. Arriba de este párrafo les he insertado un cachito que grabé de este sector con la cámara del móvil.
Destaco dentro de la primera mitad del concierto, en este caso de “Dark Side Of The Moon”, “The great gig in the sky”, donde el trabajo de las 2 coristas que se asemejaban a la niña que es protagonista de muchos de los videoclips de Sia (por su pelo principalmente, fíjense en la foto de superior del párrafo), fue de alta satisfacción y, ¿cómo no?, “Wish you were here”, que si bien el sustituto vocal de David Gilmour lo hizo excelentemente bien acompañando a Roger (la voz se podía asemejar bastante, e incluso su look al del propio Gilmour a mitad de los 70 con el pelo largo), es evidente que se echa de menos al gran David, no escoltando a Roger en este capítulo, sino encargándose él de las voces principales.
Pero bueno, es lo que hay, Pink Floyd como un uno ya no existe y tenemos las opciones que tenemos para ver algo parecido, lo cual para nada es insatisfactorio, como creo que les estoy transmitiendo. A continuación mi toma de “Wish you were here”. Claramente fue uno de los momentos más emotivos del concierto y quizás en el que más se podía escuchar al unísono al público del Palacio de los Deportes cantar al compás la letra de este gran clásico de la historia de Pink Floyd.

Pasamos al 2º bloque del concierto. Las luces de emergencia se activan sobre una estructura que había permanecido apagada sobre el techo del Palacio de los Deportes y empieza a desplegarse un telón longitudinal perpendicular a la línea del escenario. Dejándonos la boca abierta de tal forma que nos podíamos introducir en la misma nuestro propio puño sin rozar los dientes, vemos que empiezan a desplegarse las 4 chimeneas de la Battersea Power Station (la icónica central eléctrica de “Animals” y su portada) y sobre el telón se desarrolla de forma bidimensional su fachada con sus ventanitas y estructura de ladrillo visto.
Menos mal que no leí el previo informativo que en el diario 20Minutos había el miércoles de la semana pasada, en el cual te destripaban y adelantaban más o menos este detalle y mejor aún que no hice caso a un vecino ante el hecho de que me dijese que no había nada relevante que te adelantaran... Pues lo dicho, menos mal, ya que no hubiera sido lo mismo ir a tiro hecho que llevarte el sorpresón en el momento. La emoción no es la misma.
Si bien se anunciaba en el telón de fondo “Dogs” en gigante, después de una retahíla de proclamas que estuvo presente durante todo el descanso, no imaginábamos que se incluyera este despliegue de medios. Aunque la paredes de la Battersea sirvieron durante mucho rato para poner mensajes contundentes y reivindicativos, también hubo espacio para algo más sentido como el mensaje que pueden ver en la siguiente imagen.
Curiosamente, un año y 2 días antes, estuve en Londres visitando los alrededores del recinto, escuchando de forma simultánea en mis auriculares el “Animals”, experiencia que les recomiendo si son seguidores de Pink Floyd; al igual que si van a Berlín, se calcen el “The Wall” a medida que pasean por ciertas zonas de la ciudad (escuchar “Comfortably numb” en tus auriculares en la zona memorial del muro no tiene precio).

Y “Dogs” sonó de pe a pa. Enterita. Sin faltar un ápice, cosa a agradecer sin duda; como habrán comprobado, yo solamente grabé un pequeño sector, que era cuestión de deleitarse viendo todo el despliegue del momento más que de prestar atención a grabar nada. Pero, no terminaba ahí el momento dedicado al disco de 1977, ya que tras ponerse unas caretas los componentes de la banda y el propio Roger de animalitos que se representan en el listado de temas de la obra y brindar con champagne, con unos carteles sujetos por Roger que venía el primero a decir “los cerdos dominan el mundo”, y el segundo “jode a los cerdos”, venía irremediablemente “Pigs (three different ones)”.
Y aquí la Battersea cedió sus paredes para unas proyecciones anti Donald Trump realmente contundentes. También sonó íntegra, con lo que el presidente de EEUU tuvo un buen rato de campaña en contra en el concierto, terminando con la proclama “Trump es un cerdo”. Inserto a continuación otro breve fragmento que capturé de “Pigs (three different ones)”.

En las chimeneas, que incluso echaban humo, en 2 de ellas aparecía un cerdito volando entre las mismas, pero durante “Pigs” apareció un cerdo gigante volador que se dio un par de paseos por el techo del recinto, terminando de rematar el gran despliegue teatral del concierto. Abajo la evidencia en forma de foto.
Ya saben que hicimos un programa en nuestro historial radiofónico sobre “Animals”, y en alguna ocasión he defendido aquel como uno de los mejores que hemos realizado en nuestra historia. También “Animals” en sí es quizás uno de mis discos favoritos, sino el favorito en sí, de Pink Floyd. Por todo esto, sumó mucho en mi percepción favorable del show que fuera reivindicado de esta forma y que fuera el que contase con más lustre de medios efectistas en el concierto.
No terminaría la reivindicación y caña a los políticos, aunque abandonábamos las tierras de “Animals”. Ahora llegaba “Money”, con imágenes de varios líderes políticos por ahí en ese telón de los muros de la desplegada Battersea, mientras sonaba la clásica línea de bajo de esta pieza y el sustituto de Gilmour volvía a hacer un buen papel al micrófono; incluso llegó a aparecer nuestro Mariano Rajoy entre varios y varios, con mucha presencia para el italiano Berlusconi. Trump también salió, pero ya había tenido lo suyo en el capítulo anterior.
En el tramo final aparecieron más piezas del último disco de Roger Waters y fueron desfilando las otras grandes canciones de Pink Floyd que me faltaban. No podía faltar “Us and them”, que da nombre a la gira, y que sin duda alguna anoto en mi top 5 de mejores pasajes del show, pero el culmen me lo supuso el cierre, con “Comfortably numb”. Con Roger, salvo cuando le tocaban sus estrofas, arengando de extremo a extremo del escenario al público, e incluso bajándose a chocar las manos de la gente de la primera fila mientras que sonaba ese solo de guitarra apoteósico del final de la canción, se iban poniendo el punto y final al concierto.
En esta ocasión, Roger sí que se marchó el último del escenario, llevándose la última de las grandes ovaciones con las que el recinto le obsequió durante el concierto (que fueron varias; a destacar un momento de coros del público donde Roger parecía bastante emocionado). Volvió la imagen o proyección de la chica sentada de espaldas en la playa (fíjense aquí debajo), con los mismos sonidos del previo, lo cual nos evocaba a una posible ensoñación que viviera esa persona. Y sin duda fue un sueño hecho realidad lo que acabábamos de vivir.
Quería tener grabada “Comfortably numb”, pero por otro lado, quería vivirla lo más intensamente posible, por lo que de ahí el motivo de que en muchas ocasiones se desencuadre la imagen, ya que no estaba precisamente mirando el show a través de la pantallita, sino en directo y a ratos con los prismáticos para no perder detalle de las emociones faciales de Roger, que merecía la pena reparar en ello.

Al terminar nos hicimos unas últimas fotos dentro en nuestra localidad y salimos del recinto. No pudimos ver a Óscar Cañas, porque por temas personales tuvo que marcharse, pero sí que hablé con él por teléfono en la puerta. Ahí me puso de relevancia una ausencia, que por otro lado yo no había notado hasta que él me lo advirtió, que fue la de “Shine on you crazy diamond”. No obstante, parecía bastante satisfecho al margen de esto. La siguiente foto muestra una vista general del escenario durante “Money”.
Nos reunimos con Vicente, amigo de Luis Felipe Novalvos, el cual se situó en una zona de mejor visibilidad que la nuestra en sectores menos altos, y con calma y paciencia nos fuimos al mismo lugar que el día del concierto de Arcade Fire en la plaza de Manuel Becerra a cenar algo. Los 4 estábamos bastante contentos de lo que habíamos vivido. Antes de salir del graderío, nos hicimos una foto Mariano González, Luis Felipe Novalvos y servidor de ustedes que insertamos a continuación.
Fue un concierto grande. Inolvidable. No solo por poder escuchar el repertorio en directo de una de las mayores grandes bandas del rock de siempre interpretadas por uno de sus componentes clásicos, sino por lo bien que sonó todo (y eso que estábamos en la zona alta del recinto, donde los rebotes pueden jugar en tu contra), aunque Luis Felipe puso alguna pega en algún capítulo del setlist al respecto, cosa que yo no noté.
El despliegue de medios fue bueno. El telón de fondo y las proyecciones se aprovechó bien y el efecto logrado de la bidimensional Battersea Power Station, y la posterior pirámide y prisma luminoso proyectado sobre el recinto (que se me pasaban mencionarlo) al tocar “Eclipse” recreando la portada de “Dark Side Of The Moon” fue realmente emocionante y ambicioso.
No le encontré “peros” alguno a la velada. Todo bien. No me faltó personalmente ningún tema de lo lógico, y quizás esperar alguna cosa rara perdida por “The Wall” (“The thin ice”, “Run like hell”, “One of my turns”) que me pueda gustar, es pedir peras al olmo. Los 61,50 eur. que nos costó la entrada fueron más que bien invertidos y desde nuestra zona vimos todo realmente bien; al igual que el día de Arcade Fire, creo que estando en pie de pista, te podías perder muchas cosas destacables. Con unos prismáticos que tengo desde mi tierna infancia, pude ver de cerca las interacciones de los músicos y las muecas del propio Roger de cuando en cuando, cosa que también hizo con acierto Luis Felipe Novalvos.
Pudimos ver a un histórico cuando ya no nos imaginábamos que pudiera ser posible. Cuando vino con “The Wall” hace unos años, desistí de acudir al mismo lugar por el precio algo subido de las entradas, pero en esta nueva ocasión no me lo pensé 2 veces. Una cuenta pendiente que viví en buenísima compañía y que guardaré en el lugar de honores de mis recuerdos de conciertos. Hasta… ¿pronto? ¿siempre? Mr. Waters.
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miércoles, 30 de mayo de 2018

DMR cubrirá el concierto en Madrid de After The Rain (02-06-2018)

After The Rain son un grupo que ya ha desfilado en varias ocasiones por nuestro site, ya haya sido como protagonistas principales de un concierto, como artista invitado en el concierto de un grande como Midge Ure o con revisión de alguna de sus obras de estudio.

Hace unos días el grupo nos informó personalmente de su actuación en Madrid el sábado 2 de junio en la sala Maravillas. Dentro del equipo de colaboradores de “DMR”, Mariano González se ha puesto a disposición para acudir al concierto y poder informar detalladamente a posteriori de lo que el grupo compuesto por Yun L. Díaz, José Ícaro y Óscar Nihilism ofrezcan el sábado por la noche.

Si gustan de la buena música electrónica, After The Rain es una de las bandas referentes del panorama madrileño, con lo que tienen este sábado una buenísima ocasión para disfrutar de un directo que suele convencer y ofrecer muy buenos resultados.

Agradecemos mucho al grupo que se haya acordado de “DMR” para poder informar de su andadura y esperamos cumplir con el cometido. Mariano González estará sobradamente a la altura.
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martes, 29 de mayo de 2018

Concierto Roger Waters. Madrid (25-05-2018) (por Mariano González)

Tenía que ser así, debía ser así, pero de todos modos acabé embobado; acabé embobado y muy gratamente sorprendido. Se podía intuir, por el nombre la gira, que serían muchas las canciones de Pink Floyd que Roger Waters iba a tocar, y la música de este grupo quiere ser grande, necesita ser grande. Lo que se pudo ver en el Wizink Centre (en concreto hablo de la segunda noche, la del 25 de Mayo) fue un titánico esfuerzo sinérgico entre una música apabullante y un despliegue visual parabólico.
Pink Floyd ha llevado hasta la cima la amalgama entre parafernalia visual e impacto musical; tocar su música de otra manera hubiera sido desustanciarla, en cierto modo. Luego iremos desgranando más detalles, pero como espectáculo se puede afirmar que Roger Waters ofrece un show muy relevante. Pero la clave, el quid de la cuestión, es que aunque todos los efectos bombásticos y abracadabrantes se hubieran quedado fuera, el golpe emocional hubiera sido igualmente estratosférico.
Sería imperdonable no agradecer a Víctor Prats que me diese el empujoncito de ánimo necesario para apuntarme al concierto, toda vez que me llamó cuando apenas quedaban localidades y se peleó con la inefable página de Ticketmaster para poder sacarnos unas dignísimas entradas. El éxito fue todavía mayor cuando consiguió que otro ilustre de DMR, Luis Felipe Novalvos, se uniese a nosotros; y encima a nuestro lado. Les aseguro que fue un vivo ejemplo de encaje de bolillos.
Nuestra situación estaba en la segunda planta y más o menos en la horizontal del escenario, y ponderando los pros y los contras cabe decir que nuestra posición no estaba nada mal. Si bien las proyecciones del fondo del escenario se nos escapaban un poco, estábamos relativamente próximos a los músicos, y además algunos apabullantes efectos los pudimos ver con destacado detalle. Todo al tiempo.
El concepto, dicho en bruto, sería el siguiente: Roger Waters acompañado de una banda para interpretar un repertorio cuyas tres cuartas partes eran canciones de su banda madre y con un significativo hueco para acomodar temas de su último disco “Is This The Life We Really Want?” (2017). Si bien no es posible ver a los Pink Floyd originales, compensa y consuela que la banda que ha reunido Roger sea más que competente. Se componía principalmente de dos guitarras (uno de los cuales cantó las parte que solía cantar David Gilmour, hecho sorprendentemente destacado por el propio Roger Waters), dos teclistas (uno de ellos también se animaba con la guitarra a veces), dos coristas de idéntica peluca rubia, un bajo, un batería y el propio Roger utilizando el bajo que le corresponde y eventualmente algunas guitarras. Ah, y tampoco podía faltar un saxofonista.
Se notó que Gilmour y los otros clásicos no estuviesen presentes, cómo no, pero ciertamente sería injusto no valorar el desempeño de todo el conjunto durante el show. El guitarrista que cantó las “partes Gilmour” tiene una voz, quizá, un poco pariente lejana de la del mítico componente de Pink Floyd y, en general, vocalmente estuvo a la altura. Roger Waters también cantó, aparte de sus fragmentos de toda la vida, algún tema del cual no es él voz original, como por ejemplo “Wish you were here. La voz de Roger tiene algo de desgarro atormentado, de cantautor escarnecido y maldito. Aporta a lo que canta una turbiedad existencial, inquietante pero de algún modo interesante. Instrumentalmente muy bien. Los punteos de guitarra acaso emulasen otras sendas antiguas, pero lo hicieron con éxito y sin perder la esencia, en una muy meritoria mímesis no exenta de personalidad. Los teclados, por su parte, no fallaron en las partes del repertorio donde debían sobresalir (p.ej “Welcome to the machine”) y la filiación “floydiana” estuvo fuera de toda duda.
Una última nota, ante de pasar al repertorio, hablaría del reparto de protagonismo en el escenario. Dado que Roger Waters tiene fama de poseer un ego del tamaño de tres continentes, quedaba por ver si utilizaría el concierto como vehículo para su rutilante lucimiento o bien se trataría de una actuación más coral. Yo diría que predominó lo segundo frente a lo primero, aunque en algún pequeño momento mientras sonaba (a modo de ejemplo) un primoroso punteo, Roger Waters iba por su cuenta a jalear al público. Lo que en cine se llama “robaplanos”. Nada preocupante si tenemos en cuenta que fueron pocas las ocasiones donde ello sucedió y que, a fin de cuentas, él es el jefe y el reclamo para reunir a miles de personas.
A lo que vamos. Aunque el inicio estaba programado para las 21:00, finalmente el concierto comenzó alrededor de las 21:20. Al público se le fue abriendo el apetito cuando apareció una proyección con un grisáceo paisaje al compás de unos sedantes sonidos de la naturaleza. Tras varios minutos así, por fin, comenzó el juego. La primera mitad del concierto fue vistosa, pintona, muy plástica, pero también muy clásica. Proyecciones, algunas de ellas de gran mérito, y la banda tocando.
“Dark Side Of The Moon” (1973) pasa por ser el disco más popular de Pink Floyd y Roger Waters lo tuvo muy presente para el inicio del concierto. El compendio de efectos de sonido de “Speak to me” y la sensual (en la música) “Breathe” fue una decisión acertada para entrar en materia de forma sutil y cadenciosa. Una agradable sorpresa fue el brutal instrumental “One of these days”, del infravalorado “Meddle” (1971); momento muy propicio para lucirse como bajista y de paso dar una tremenda patada en la puerta sirviéndose del espectacular cambio de ritmo.
Dos canciones más del “Dark Side Of The Moon” continuaron el prometedor inicio. En las proyecciones del fondo del escenario aparecen unos relojes ¿acaso no es fácil adivinar la incipiente canción? Efectivamente, “Time” sobrecogió con su siniestra intro y su pluscuamperfecto solo de guitarra (ya lo decíamos; la banda estuvo muy bien). A un clásico le sigue otro clásico, que no es ni más ni menos que “The great gig in the sky”. Aquí tuvieron que entrar la dupla de coristas para llevar a cabo los estremecedores gritos propios de esta canción. El resultado fue bueno, pero aquí sí que eché en falta que no estuviese Clare Torry; hubo más gorgorito que desesperación. No pasa nada, la ejecución estuvo bien y no es cuestión de compararse con una de actuaciones vocales más desgarradoras del rock.

Una pequeña sorpresa fue la primera incursión en el “Wish You Were Here” (1975) de la mano de “Welcome to the machine”. La original puede considerarse como una de las joyas ocultas de Pink Floyd, y los puntos álgidos de la misma (osea la dramática melodía vocal y los zarpazos hirientes de los sintetizadores) sonaron muy cumplidamente en concierto. Como meneo emocional fue unos de los momentos más significados que pudimos escuchar. Roger también quiso defender su último trabajo, y lo hizo gallardamente, dejando destellos interesantes. A veces la música de Roger Waters, sobre desde “The Final Cut” (1983), me parece que tiene algo de recitativo, como si a veces declamase en lugar de buscar una línea más melódica. En realidad eso no es malo en sí mismo, solo es una cuestión de gustos. En cualquier caso enlazó tres canciones seguidas de su “Is This The Life We Really Want”, a saber: “Dejà vu”, “The last refugee” y “Picture that”. Poco puedo decir de ellas, salvo la impresión que me causaron en el propio concierto; mis escuchas del último disco de Roger son muy superficiales todavía. Me gustó el brío de “Picture that”, quizá la más parecida al estilo de Pink Floyd.
La tanda de clásicos se retomó con la canción título del “Wish You Were Here”. Al escuchar los inolvidables acordes acústicos que abren la canción, por puro reflejo, el Wizink Center se estremeció. Se hace un poco raro escucharla en voz de Roger Waters, que le da una impronta más trágica, más sofocada, pero igualmente emotiva. El concierto se movió y se ordenó a base de sectores, siendo la estructura una calculada concatenación de agrupaciones de canciones.
La siguiente tanda perteneció al carismático “The Wall”, y como credencial de aviso en la pantalla del escenario aparece un rostro crispado sobre un muro. Suenan helicópteros y las pulsantes y desafiantes guitarras de “The happiest days of our lives”; la audiencia hace acopio de fuerzas, que se desatarán en el gigantesco himno de “Another brick in the wall (part. 2). La parte cantada por voces infantiles tuvo su correlato en el escenario con la aparición de un grupo de jóvenes, en perfecta formación al borde del escenario. Todos iban ataviados con una camiseta que lucía la consigna de “Resist”, tras despojarse de unos atuendos de preso, que da una idea del carácter cabreado y subversivo de la canción. La interpretación fue estupenda y según el propio Roger Waters, toda la muchachada era de Madrid.
Reconozco que es la primera vez en mi vida que veo que en un concierto se hace un descanso como si de un partido de fútbol (o de baloncesto, por aquello del lugar) se tratase. Roger nos emplazó para veinte minutos después y nos indicó estuviésemos atentos a la pantalla, donde pudieron verse unas cuantas imágenes y proclamas. Al final del descanso, una palabra colma la pantalla: “Dogs”.
¿Sería cierto? ¿Tendrían los bemoles de tocar algo del disco “Animals” (1977)? Tengan en cuenta que es quizá uno de los discos más oscuros y airados de Pink Floyd, aparte de tener una estructura sinuosa y exigente; canciones largas y oscuras repletas de alegorías animalescas. Pues sí, fue posible. Para particular pasmo (y creo que general) comenzaron a sonar los acordes de “Dogs” y sus diecisiete minutazos. Pero el mayor pasmo, la sorpresa monumental y el momento en que todos nos quedamos con el culo torcido fue cuando de una línea de focos (de emergencia supongo) comenzó a brotar la ¡“Battersea Power Station”! O lo que es lo mismo, una pantalla con su forma.
Uno de los símbolos de Pink Floyd se desplegaba ante nuestros ojos atónitos de forma fascinante y desasosegadora (no faltó ni el grisáceo humo) mientras la música bullía majestuosa en el escenario. Y he aquí que ya uno no sabía dónde posar su atención, si en el escenario o en la pantalla-central eléctrica donde se iban mostrando toda clase de proclamas políticas e invectivas contra varios de los más célebres líderes internacionales; si bien el que se llevó la palma fue Donald Trump. Sin duda fue, aparte de la más espectacular, la parte más politizada del evento. Lo pueden ver como un artificioso inserto de un mitin, pero desvincular a Roger Waters de la política es no conocerle mucho. Recuerden que “Animals” lleva 41 años siendo una sátira política; por no hablar de la constante idea antibelicista durante toda su carrera (es lo que tiene haber perdido a tu abuelo en la I Guerra Mundial y a tu padre en la II Guerra Mundial).
Lo siguiente en venir bordeó lo extático. Fue “Pigs (three diferent ones)” y el uso de parafernalia simbólica subió un peldaño más. ¿Un cerdo volando? En efecto, eso es lo que vimos; un gigantesco cerdo inflable (Algie) rodeó todo el recinto, rescatando una imagen icónica para deleite, disfrute y sorpresa de todos nosotros. El cerdo, por cierto, tenía dibujado en su cuerpo la divisa “permanece humano” (y su equivalente en inglés). Maratoniana y estupenda canción.

A todo esto, la música seguía sonando apasionadamente. Un momento a resaltar en este sector, fue aprovechar un relativo parón instrumental para representar un brindis entre varios miembros de la banda disfrazados con máscaras de cerdos y perros. Estas son performances inteligentes y no las vacuidades chirles de Marina Abramovic.
A lo que vamos. Que los árboles no nos impiden ver el bosque. Tanta euforia pirotécnica no debe ocultar el hecho de que “Dogs” y “Pigs” sonaros oscuras, tremendistas y mayestáticas. Todo lo que se puede esperar de ellas. “Dark Side Of The Moon” fue un disco muy representado, y en esa línea las dos siguientes canciones fueron la poderosa y famosísima “Money”, que incluyó un solo de saxofón digno del mítico Dick Parry, y la vocalmente barroca “Us and them”. Dos títulos de gozosa recuperación, si bien en las pantallas de la “Battersea” continuaron los mensajes subversivos durante un rato. No tardaron mucho en recogerse y desaparecer.
“Smell the roses” fue una breve incursión en el último disco de Roger Waters antes de volver al remate del “Dark Side OF The Moon”, o lo que es lo mismo: la dupla “Brain damage”-“Eclipse”, que fueron acompañadas visualmente por una pirámide de luz a semejanza, supongo, del prisma “pinkfloydiano”. Los fans de Pink Floyd, para qué negarlo, se sentían como en casa. En un determinado momento hubo una ovación a la usanza futbolera que incluso pareció hacer mella en la emoción de Roger Waters. Hubo tiempo para que Roger Waters se mostrara comunicativo con el público y se decidiera a hablar un poco. En dos vertientes: por un lado se tomó la molestia de presentar detalladamente a la banda y por otra introdujo una triada de canciones de su último disco.
Esto último estuvo sazonado con referencias a, por ejemplo, Palestina y a “extender el amor por el mundo”. Las tres canciones fueron: “Wait for her”, “Oceans apart” y “Part of me died”. No voy a mentir, pero aunque sonaron bien no fue precisamente el momento más notable de la noche. Sin duda si hubiera conocido mejor estas canciones las habría paladeado de otro modo.
Por las pistas que daba Roger Waters solamente podía quedar una canción. ¿Cuál podría ser? ¿Qué clásico todavía no había aparecido? ¿Qué canción era la adecuada para finalizar? Una canción que podría cumplir esos requisitos es la que finalmente sonó: “Comfortably numb”. Oscura en sus estrofas y desesperada y vulnerable en su estribillo, la interpretación fue francamente vigorosa. No podía ser de otra forma que la parte más encendida fuese su arrebatador solo final de guitarra; unan el virtuosismo del guitarra solista y a Roger Waters yéndose a los extremos del escenario para enardecer al público y obtendrán un final de concierto convertido en un auténtico subidón. Tras tanto trasiego, una lluvia de confeti rosa cae sobre el escenario y Roger y su banda se despiden de todos nosotros, pobres mortales que todavía estábamos flipando.
Es posible que Roger Waters no haya sido del todo honesto utilizando tanta canción de Pink Floyd, después de los denuestos vertidos sobre su ex banda y de las demandas habidas por motivos un tanto peregrinos. No obstante, llegados a cierto punto prefiero atarme a la estética antes que a la ética. Si he de aplaudir, como lo hice el viernes 25 de Mayo, a un artista prodigioso por haber asistido a un concierto soberbio, prefiero olvidarme de otras consideraciones. No podré ver a los Pink Floyd de los años de gloria, pero sí a uno de sus artífices. Me vale. Otra equis en la lista.
El colofón idóneo para un concierto es una buena tertulia que someta a escrutinio lo visto y lo oído. También de eso hubo, siendo los tertulianos “los tres de DMR” y Vicente, un amigo de Luis Felipe. La sensación fue, creo, que los demás también marcaron su equis.
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lunes, 28 de mayo de 2018

DMR cubrirá el festival Noches Del Botánico (2018)

El festival veraniego que se celebra en el jardín botánico de la Universidad Complutense, “Noches Del Botánico”, va ganando peso en su papel como cita destacada dentro de los eventos anuales de conciertos de la capital. Y lo hace a base de ofrecer en su 3ª edición un cartel que quita el hipo, lleno de reclamos potentísimos en distintos estilos o géneros musicales.

En lo personal nos toca mucho lo referente al show 3D de Kraftwerk del 23 de junio, el concierto que los Simple Minds darán una semana después, la nueva ocasión de tener al líder de Talking Heads David Byrne en Madrid y sobre todo la cita con el mejor indie internacional de la mano de los franceses Phoenix del 26 de julio. Para cada uno de estos conciertos, junto al de Norah Jones (que pone el punto final al calendario, hemos solicitado acreditación; veremos nuestro nivel de éxito al respecto.

Pero, ¿les parece poco? Vean: Elvis Costello, Serrat, Pat Metheny… De alucinar. Lo mejor de todo es que los precios, teniendo en cuenta los días en los que nos movemos, son bastante razonables en relación a los artistas que nos ocupan y su calado. Además, el lugar es un marco incomparable, al aire libre y con buen tiempo (esperemos que las lluvias ya hayan remitido para entonces, lo lógico para esas fechas).

Para más información, les dejamos los enlaces de interés para más información y que puedan adquirir sus entradas:
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viernes, 25 de mayo de 2018

Deluxe - If Things Were To Go Wrong (2003)

ANTECEDENTES E INTRODUCCIÓN.
Cuando sucede una época de gloria, de movimiento colectivo o de jolgorio inducido por una escena musical, no es raro encontrarse con momentos de resaca. Es decir, grupos nacientes qué aún se mueven en las coordenadas de sus hermanos mayores; un poco tutelados por la inercia. Así, por ejemplo, cuando se fue disipando la efervescencia “britpop”, aún surgieron bandas cuyo sonido era hijo de aquél (Travis, Embrace, etc) pero sin ser exactamente lo mismo.

Esto es concretamente a lo que me refería con “resaca”, término que en ningún modo lo uso de forma injuriosa o como sinónimo de banalidad. De hecho hay sabrosos tesoros en estos momentos de transición, a veces opacados injustamente por los grandes cabezas de serie.

Ya que hablamos del britpop, Deluxe podría ser parte de esa “resaca”, pero trasladada a España (al menos en sus inicios). Ni que decir tiene que, vuelvo a repetir, no es ni ningún desdoro, ni ningún menoscabo. De hecho Deluxe son uno de los mejores exponentes de la música española de su momento y un deleite para los buenos degustadores del pop. No obstante, las raíces británicas de Deluxe ya están ahí, en su primer disco “Not What you Had Thought” (2001), y los que fueron felices con la música anglosajona de los años noventa tenían muchas razones para alegrarse.

Deluxe estaba concebido como un proyecto cuyo creador, ejecutor y vigía era Xoel López que, a larga, se ha convertido en uno de los rostros más conspicuos del indie español, manteniendo vigente un notable prestigio y seguimiento. Como decíamos, los inicios de Deluxe fueron de marcada raigambre británica, bien por efecto del britpop o bien por compartir influencia con tan destacada hornada (contemos también con las personales querencias mod de Xoel en sus inicios).

Su debut trajo consigo “I’ll see you in London”, primer éxito y un buen catalizador para superar las expectativas de un primer álbum. En general crítica y público fueron justamente generosos con Deluxe y Xoel comenzó ser, en el ámbito independiente, un nombre de peso.

Hoy analizamos su segundo disco, “If Things Were To Go Wrong”; un LP que actúa como un conglomerado de la esencia de Deluxe. Nadie puede negar el sentimiento expansivo, ni el crecimiento musical respecto a su debut. Es una obra que aúna la ambición despreocupada con el celo meticuloso del artesano. “If Things Were To Go Wrong” asocia la heterogeneidad con un saludable sonido casero, como si Xoel fuera un diestro “Juan Palomo” que mima hasta el último acorde. La alternancia estilística es ciertamente destacable: Pop-rock, soul, funk, góspel, bossa nova… dando como resultado un conjunto divertido y de altas melodías.

Una novedad importante es la idiomática; se abandona el predominio total del inglés y se insertan dos canciones en castellano (una de ellas además con mucho peso específico en el repertorio de Deluxe) y una sorpresita en portugués. En este sentido se produce un primer indicio de cambio, patente plenamente ya en los discos posteriores, que serán íntegramente en castellano.

Si no lo han escuchado antes y son amigos de las delicadezas pop, este disco les proporcionará momentos muy agradables. De momento, aquí viene nuestro análisis.

ANÁLISIS DEL DISCO.
1. “Que no”: Y el disco nos recibe con el cambio idiomático que adelantábamos en la introducción. La primera canción en castellano de Deluxe es con justicia uno de sus temas señeros. Muy difícil resistirse al ritmo de sus rasposas guitarras y a la maciza percusión, sumamente bailable, que llevan en volandas a un estribillo sencillo pero catártico. Es como un pequeño himno a la negación, al criterio propio y a las pequeñas subversiones. Un tema muy representativo de Deluxe y una excelente apertura.

2. “Three months of glory”: Sigue manteniendo el tono contundente, pero enfocado hacia la melancolía nostálgica. La rebeldía se ha transformado en una lamentación introspectiva, notándose en mucho detalles en la producción; como por ejemplo el uso del reverb en voces y guitarras. No es una melancolía apática, se defiende con uñas y dientes. Una de las más bonitas del conjunto.

3. “If things were go to wrong”: Nuevamente se hace hincapié en la nostalgia, pero de una forma más sedosa, adornada y delicada. La voz de Xoel y los leves arreglos de cuerda se amalgaman formando una hermosa y evocadora dupla. A veces pienso que esos arreglillos de cuerda remiten un poco a The Smiths (en la onda de “There is a light that never goes out”) En cualquier caso una de las canciones más conocidas de Deluxe.

4. “You’ve got too much”: El ánimo se remonta con una canción movida, esencialmente divertida y pizpireta. Una buena parte de su estructura se compone de elementos de la música negra; funk y soul por delante. Xoel López se defiende bien mezclando el pop con este registro y nos entrega un número muy pegadizo. La letra no obstante parece tener un deje más ácido, orientándose quizá hacia el comentario social o (teorizando por mi parte) hacia las grandes compañías discográficas.

5. “Freak”: Continúa el tono hedonista, agradablemente divertido (como si eso fuera poco) con “Freak”. Es un pop rock, casi bailongo, con más aportación de guitarras que en el las canciones inmediatamente anteriores. Canción jovial de pop coloreado que encaja muy bien “You’ve got too much”. Lo más curioso es la estructura casi narrativa de las estrofas, que acaba envolviendo al estribillo.

6. “Bienvenido al final”: Segunda incursión en el castellano y un regreso al ánimo melancólico y algo atribulado. Es una canción de gustosos y medidos arreglos, incluyendo nuevamente unas sobrias cuerdas, muy propicia para escuchar un buen pop clásico, del de toda la vida. En el estribillo sube un poco más la intensidad, enfatizando la dolorosa rabia que hay tras la letra. Letra que añora tiempos mejores, en contraste con las decepciones presentes; se puede acomodar también a lo efímero del éxito.
7. “No money to spend”: Volvemos a unos de los estilos medulares de “If Things Were to Go Wrong”: la fusión del pop con las erupciones rítmicas de la música negra. A correlacionar con los cortes 4 y 5. También se percibe un elemento que aparece en algunos momentos durante la escucha, la utilización de cajas de ritmos y bases sintéticas, ayudando al embate rítmico de algunas canciones. Xoel le cuenta a su amor, en la letra, que no tiene mucho dinero para gastar pero que ha escrito una canción para él.

8. “God saves (but not me)”: No sé si sería conceptualmente preciso llamar góspel al estilo de esta canción, pero desde luego si tiene ese toque de “misa”; por la entonación de Xoel, los arreglos de órgano y los coros presentes en algunos instantes. Supone un nuevo añadido al repertorio de estilos de “If things were to go wrong”, cosa que siempre es bienvenida. La canción tiene como una especie de solemnidad irónica o de bucolismo desengañado.

9. “ Hey brother!”: Más funk, más énfasis en el ritmo y más diversión. Conviene decir que no es una constante enteramente retro, se incluyen también bases electrónicas o “scratching” como guarnición. De unos elementos sencillos se obtiene, en este caso, un resultado coherentemente sencillo pero lúdico. En alguna ocasión le oí decir a Xoel, si la memoria no me es infiel, que llegó a la música negra a través de The Who. No es rara, entonces, esta mezcla de pop clásico y espíritu soul/funk.

10. “Song for Ana”: Las estrofas son de agradable clasicismo pop, de entonación contenida y dulce. El contraste viene en el momento del estribillo, cuando Xoel se desata con las inflexiones vocales más vehementes de toda la obra. Fogosa y encantadora al mismo tiempo, probablemente sea la canción que más emociones guarda dentro de sí. Inferimos por la letra que Xoel escribe una canción de amor a la tal Ana, ya que si nos quedamos con la impresión sonora del estribillo más bien diríamos que refleja un momento transitorio de furibundo enfado. Curiosa e interesante.

11. “This could be the last one”: Pop británico muy cerca de ser químicamente puro, de correcta melodía y melancólicos afanes. Resulta una canción sencilla pero meritoria y bonita. Apela al sector melancólico que hemos podido escuchar aquí y allá durante toda la obra. Quizá no destaque, pero tampoco desentona.

12. “Caetano Veloso”: Reconozco que el final de disco es realmente sorprendente, aunque solamente sea por traer a colación un nuevo palo musical y además hacerlo de forma natural, sin extrañamiento. Ya se puede deducir del título que se trata de una bossa nova a modo de homenaje al legendario Caetano Veloso, músico al que Xoel profesa una gran admiración. Están muy bien representadas las virtudes de la bossa nova, no hay más que escuchar su cadencia suave, agradable, acariciante. En general puede entenderse como un guiño al movimiento Tropicalia (por la mención a Os Mutantes, colaboradores a veces de Caetano) y quién sabe si como un antecedente de las futuras influencias del cono sur en Xoel. Buen cierre. Ah, y en portugués; como debe ser.

RESULTADO, CONCLUSIONES Y REFLEXIONES.
“If Things Were To Go Wrong” es un disco que se mueve a base ademanes pop y, aunque ya hablábamos de lo importante de las querencias británicas, no es ajeno a cierta ancestral tradición española; algunas cosillas suenan a Los Brincos ubicados en el siglo XXI (léase como un elogio). Tiene, además, la virtud de conseguir aquello que pretende: es divertido cuando se pone funk y bailongo, y tierno y melancólico en los momentos relajados.

Tiene, por otra parte, un contexto musical interesante, donde el indie español está a punto emerger como una fuerza poderosa en ámbitos más generalistas. En estos años dan sus primeros pasos también Lori Meyers, Sidonie, Love of Lesbian, Second… Fenómeno que siempre fue de mi gusto, por los jugosos discos que vendrán y porque no me suele gustar el talante insular y elitista de cualquier escena musical.

Existe una edición especial del disco que trae como bonus tracks las canciones del EP “Que No” (2004) y que entre otras interesantes inclusiones trae una versión del “Baba O’Riley” de The Who tocada en directo. Fue una época bastante fecunda y coronada todavía con dos EPs más: “Danke Schöen” y “We Create, We Destroy” que muestran la ductilidad estilística de Xoel mientras va mostrando otras facetas musicales.

El siguiente largo, “Los Jóvenes Mueren Antes De Tiempo” (2005) será el primero cantado íntegramente en castellano y un refuerzo al estatus justamente conseguido ya con su anterior álbum. Viendo sus obras posteriores, “Fin De Un Viaje Infinito” (2007) y “Reconstrucción” (2008), acaso podemos ver que quizá se va “deselectrizando” para ceder paso a un espíritu más marcadamente pop en primer término y más cercano al cantautor en última instancia. Cosa muy en concordancia con su carrera ya con el nombre de Xoel, añadiendo además la notable influencia de la música sudamericana para dar lugar a un estilo cálido y personal. Tres discos lleva ya en esta “segunda etapa” de su carrera musical: “Atlántico” (2012), “Paramales” (2015) y “Sueños y Pan” (2017). Como vemos Xoel sigue manteniendo una carrera activa y vigente, merecedora de atención.

Respecto a “If Things Were To Go Wrong” solo me queda ponderarlo una vez más como una pieza de exquisita imaginería pop y recomendarlo a aquellos que todavía no se hayan animado a adentrarse en estos pagos melódicos. Seguramente no se decepcionen.
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lunes, 21 de mayo de 2018

Concierto Fever Ray. París (19-03-2018)

Uno de mis objetivos este año 2018 era ver en concierto a Karin Dreijer Anderson, más conocida como Fever Ray. No tenía ni idea ni si podría por mi absorbente trabajo que me deja pocas fechas libres y difíciles de cuadrar con eventos fijos. Empecé a barajar varias fechas de la nueva gira de Fever Ray en países como Austria, Alemania o Italia (desgraciadamente la gira no pasaba por España y mucho menos por la morería tunecina). Al final y producto de la casualidad me cuadró París, y es que al fin y al cabo las mejores conexiones que tenemos en esta parte del inframundo es con Francia. El que finalmente fuese París la elegida tenía mucho de simbólico. Habían pasado exactamente 7 años desde que pude verla por primera vez en directo presentando su álbum de debut y fue también en París y en el mismo lugar, el teatro Olympia. En ese lejano concierto asistimos a la presentación de un álbum oscuro de tintes góticos que bien podría considerarse la continuación lógica de “Silent Shout” de The Knife. Para completar la noche la telonera fue Zola Jesus con lo cual el ambiente sombrío fue absoluto.
Así que allí estábamos de nuevo 7 largos años después, durante los cuales Karin se volcaría junto a su hermano Olof en The Knife primero componiendo “Tomorrow In A Year” (2010), una especie de opera vanguardista en la que colaboran con Mt. Sims y Planningtorock, y luego publicando el último álbum del grupo, el experimental “Shaking The Habitual” (2013), con el que el grupo se despedía a lo grande como se puede comprobar visionando “Terminal 5” (2017), un álbum/DVD en directo que dejaba constancia de esa tendencia que siempre tuvo el dúo a romper con los formatos convencionales y llevar su música hacia terrenos poco usuales. Era cuestión de tiempo que Karin retomase su carrera en solitario, lo que nadie pensaba es que lo haría con una imagen tan radical: cabeza rapada, maquillaje decadente, un vestuario propio de Blade Runner y una actitud enormemente sexual tal y como refleja su reciente álbum “Plunge”. Un disco que ha pillado a crítica y público por sorpresa, ya que se esperaba sin duda algo más reposado e intimista a la manera de su debut y no un álbum prácticamente dedicado al sexo con una instrumentación electrónica novedosa y ruidista, en algunos momentos decadente y muy deudora de “Shaking The Habitual”; de hecho “Plunge” es claramente la continuación coherente del último álbum de estudio de The Knife y apenas tiene referencias que nos recuerden al primer álbum en solitario de la artista sueca.
Tenía 4 dias para estar en París y los aproveche al máximo. He estado innumerables veces en la capital francesa, pero siempre hay cosas que descubrir. Además aproveché para ver la película de terror “Ghostland”, atraído por la presencia de Mylène Farmer en la misma. Para mí esta película fue toda una sorpresa, ya que no me esperaba gran cosa y finalmente me impactó mucho; la recomiendo totalmente. El mismo día del concierto vi a mi amigo bloguero Cagliostro, con el que tuve una interesante charla sobre música que trató varios temas, entre ellos esa molesta realidad que es el hecho de ver viejunos en los conciertos de grupos jóvenes, pero no ver jóvenes en conciertos de grupos viejunos. Piénsenlo y verán que tengo razón. Volviendo al asunto que nos ocupa, no tenía muy claro como reaccionaria el público ante una propuesta tan diferente a la que vimos 7 años antes. Su concierto de 2010 fue todo un triunfo y estaba por ver si lo sería esta nueva propuesta. Bueno pues ya de entrada el ambiente no podía ser más prometedor: todas las entradas vendidas, demostrando el gran interés que despierta todo lo que rodea a Karin y The Knife.
Una vez dentro del Olympia tras pasar por un exhaustivo control de seguridad, conseguí una posición bastante cerca del escenario, contra todo pronóstico no ayudaría mucho a que las pocas fotos que saqué fueran buenas, siendo la mayoría bastante mediocres. En primer lugar salió al escenario la telonera de esa noche que sería Bunny Michael, que como primera parte calentó el ambiente con las únicas armas de sus ritmos ásperos, sus duras bases electrónicas y una forma de rapear realmente fluida con tintes espirituales y en algunos casos políticos. Su breve concierto gustó bastante. Era muy curiosa esa estética dulce como de pin-up en contrapunto con una música y unas letras poco amables. En cualquier caso una artista interesante que no perderé de vista.
Entonces después de la obligatoria pausa, llegó el momento deseado por todos, es decir, la llegada de Karin Dreijer Anderson, alias Fever Ray. Esta entrada se produce como si fuera un desfile de moda femenino mientras suenan los primeros segundos de “An itch”, uno de los temas de su último álbum. Así empiezan a salir las que serán las protagonistas de esa noche, una teclista vestida de Catwoman, dos percusionistas con extravagantes vestidos y dos coristas, una de ellas con un brillante atuendo de color azul y la otra metida dentro de un traje que simulaba a un culturista. Finalmente la protagonista de la noche entra en escena con su cabeza rapada, unos shorts y una camiseta con la leyenda “i love girls”, a parte de un maquillaje azul que le daba un toque de lo más decadente a su expresión.
Con semejante elenco de protagonistas el concierto prometía mucho y el recibimiento tras el primer tema no pudo ser mejor. Estaba claro que había muchas ganas de ver a Karin después de tanto tiempo. Sin apenas pausa suenan las primeras notas de “A part of us” uno de los temas más destacables de “Plunge” el último álbum de la artista sueca; es de agradecer que en su propuesta en directo Karin, ha preferido volver a grabar las bases de las canciones creando nuevas versiones en lugar de ceñirse estrictamente al sonido del álbum. Además las percusiones reales que se añaden en directo hace que el sonido sea mucho más dinámico y bailable. En realidad también es una de las herencias de la última gira de The Knife, donde las percusiones eran tan importantes y condicionaban notablemente el sonido en directo del grupo.
Si bien tenía muy claro que esta noche no caerían canciones de The Knife, sí que tenía esperanzas en que Karin repasara alguna de sus canciones pertenecientes a su primer álbum. No me equivoqué y la primera en aparecer fue “When I grow up” en una versión mucho más luminosa y con cierto toque dance que la alejó enormemente de su versión original y la llevo claramente al terreno de los últimos The Knife. En todo caso una versión bastante lograda, pero que no me cabe la menor duda descolocaría a muchos de sus fans. En tercer lugar sonó “Musn’t hurry” uno de los momentos más contemplativos y detallistas de su último álbum, un disco que no se caracteriza especialmente por su sutileza, con lo cual este tema es un poco una rara avis dentro del mismo y casi encuadraría mejor en su disco de debut. Sea como sea estamos ante un auténtico estallido de creatividad electrónica y quizás la mejor canción de su reciente álbum, con lo cual el público lo celebró con una gran ovación.
Se veía a Karin sorprendida por la reacción tan entusiasta del público; a mí mismo me sorprendió bastante: los franceses no son por lo general un público demasiado efusivo, pero esa noche daba igual lo que tocase Fever Ray, que era recibido como si se tratase del ultimo hit de Rihanna y eso fue así con todas las canciones que conformaron el setlist, como por ejemplo las ásperas y poco amables “This country” y “Falling”, que cayeron una tras otra en lo que fue la parte más experimental y menos dada al hedonismo del show. Pero los ritmos trepidantes y el frenesí sonoro volvería con un “Wanna sip” atronador, sucio e irresistible, en el que encontramos a la Fever Ray más sexual que jamás hayamos visto. Una sexualidad que va de la mano de una cierta agresividad y urgencia. En este tema se notó mucho el trabajo de las percusionistas, al igual que en el siguiente que yo no terminaba de identificar hasta que Karin empezó a recitar la letra: se trataba de “I’m not done” de su primer álbum en una nueva versión tremendamente alejada de la original que añade un potente ritmo y acentúa su circular melodía. No esperaba para nada que eligiera este tema para rescatar de su primer disco y mucho menos la forma de ejecutarlo. Tras esto llego una serie de canciones intimistas y con cierto toque gótico. “Red trails” fue la primera con ese toque dramático y morboso. La siguió “Concrete walls” rescatada de su primer álbum. Para este pequeño tramo del concierto la teclista gatuna cambiaria los sintetizadores por un acordeón.
Poco a poco nos íbamos acercando al desenlace del show con el público cada vez más entusiasta y festivo. Cerca de mi zona había dos ingleses que se sabían las letras de las canciones una por una y no dudaban en gritarlas a pulmón abierto, hasta el punto de que les oíamos más a ellos que a la propia Fever Ray; la cosa llego a ser tan exagerada que al final los que estaban más cerca de ellos los mandaron callar y estos un tanto avergonzados lo hicieron pero de vez en cuando no podían dejar de dar rienda suelta a sus impulsos y algún grito se escapaba.
“To the moon and back” fue uno de los puntos más fuertes del concierto, con sus ritmos minimalistas que van construyendo poco a poco la canción añadiendo una capa tras otra hasta crear un potente tema electro con una melodía que actúa como si fuera un estribillo y que recuerda bastante al “Silent shout” de The Knife. La fiesta continuó con una nueva versión de “Triangle walks” que la hizo empastar perfectamente con el tema anterior ya que las nuevas percusiones y ritmos añadidos la ponían en un terreno mucho más cercano a las nuevas composiciones de Fever Ray. Si The Knife lanzó tras “Shaking The Habitual” (2013) un álbum de nuevas versiones tomando como base lo que hacían en directo y que llamaron “Shaken Up Versions” (2014), bien podría Karin, visto la cantidad de nuevas versiones y reconstrucciones radicales hechas para el directo, lanzar un álbum del mismo palo próximamente.
Y como si estuviéramos en una especie de pista de baile non-stop llegó la que es sin duda la canción con más clara vocación festiva, petarda y bailonga. Es sin duda “IDK about you” con esos ritmos entre la zumba y el trance que unida a una melodía muy saltarina puso el punto final a los momentos más lúdicos del show. Fever Ray podría haber finalizado el show perfectamente en este punto con el Olympia completamente rendido cantando la melodía de este último tema, pero decidió poner fin antes de los bises con la enigmática “Keep the streets empty for me” que fue cantada a dúo por Karin y una de las coristas.El resultado fue un final de show mágico, oscuro y triste pero lleno de belleza. No sabía por dónde saldría en los bises y ni siquiera si habría bises, dado lo poco amiga que es Karin de este tipo de convencionalismos de los conciertos, pero sí, los hubo y además perfectamente planificados. El primero fue “If I had a heart” en el cual tanto Karin como sus coristas salieron con tres guitarras acústicas formando un trio bastante siniestro y peculiar pero que encajaba perfectamente con el ambiente lúgubre de la canción. El segundo y último bis de la noche fue “Mama’s hand”, tema que cierra el segundo álbum de Fever Ray y que cerró también esa noche con esos pequeños toques de melodía entrecortada que se van diluyendo poco a poco hasta solo dejar un ritmo desnudo.
Terminado el show Fever Ray y sus acompañantes se despiden de todos visiblemente sorprendidas por la gran acogida y calor del público, algo que contrastaba con la siempre aptitud fría y distante de Karin, que en ningún momento interactuó con el público y se limitó a dar las gracias por las continuas ovaciones recibidas canción tras canción. Eso ya era bastante más que en los conciertos de The Knife, donde los hermanos Dreijer se muestran herméticos hasta el extremo. Musicalmente el espectáculo de Fever Ray está perfectamente construido con un setlist muy bien armado y un sonido que se beneficia de la inclusión de manera activa de percusiones y de algunos detalles de sintetizador, que hacen que el conjunto se salga de la mera reproducción del sonido de estudio. A nivel visual las seis chicas que ocupan el escenario son todo un incentivo visual con esos looks tan exagerados y si a eso le sumamos esos tubos gigantes de neón intermitentes que no pararon de iluminar la sala, el resultado es todo un placer para los sentidos. Con todo se trata de un show muy milimetrado y con poquísimo espacio para la improvisación. Desalojar un Olympia a reventar no fue ni fácil ni rápido y allí estuvimos un buen rato hasta que pudimos salir. Estuve echando un ojo por la tienda de merchandising, pero no vi nada que me llamase la atención, había mucho vinilo; ya saben que últimamente es lo más editar lo que sea en vinilo, una moda que sencillamente no entiendo. Tras conseguir salir podías ver a grupos de gente silbando la melodía de “IDK about you” lo que nos da la idea del buen sabor de boca que produjo el show. Al final nos dirigirnos a los famosos bulevares parisinos para tomar una última copa y celebrar una noche tan especial o más que la vivida hace 7 años.

Texto y fotografías: Alfredo Morales.
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